07/05/2012 10:49 AM
Por: Administrador
Bob Dylan conmovió al Palacio de los Deportes en Costa Rica

Con su tour, Bod Dylan ha ofrecido 2.500 conciertos, acompañado de su inseparable banda. 

Tras una muy buena presentación del dúo nacional Foffo Goddy, cuando faltaban solo dos minutos para las 8 p. m., Bob Dylan entró al escenario del Palacio del los Deportes y todo el gimnasio comenzó a desplazarse como un lento barco, llevado por una corriente capaz de arrancar cualquier cimiento: la corriente poética engendrada por Dylan y que ha fluido para marcar el rumbo de la música durante los últimos 50 años.

Con una puesta en escena impecable, sobria, sin maquillajes superfluos, sin juegos de luces extravagantes (de hecho la iluminación solo tenía dos modos: apagada o encendida), Bob Dylan y su banda dieron un concierto generoso, intenso y brillante; un recorrido de una hora y cincuenta minutos por la historia contemporánea del folk, el rock, el blues, la revolución, el surrealismo, los derechos civiles, la post modernidad y la honestidad de la palabra.

El grueso de los asistentes sabía perfectamente a lo que iba: a ver de cuerpo presente a uno de los referentes vivos de la fundación del rock; a encontrarse con uno de los más grandes poetas del siglo XX; a aplaudir al Bob Dylan que cantó en la gran marcha del 28 de agosto de 1963, la misma en que Martin Luther King pronunció su discurso “Yo tengo un sueño”; a comprobar que sigue vivo el revolucionario que entre 1964 y 1966 sacó tres discos que cambiaron el rostro de la música; a darle su adhesión al hombre incómodo, impredecible, que por 50 años ha dicho lo que no se debe decir, se ha resistido a ser clasificado, ha protestado contra casi todo (incluso contra sí mismo) y a sus 71 años sigue dando cátedra de decencia y rebeldía sobre los escenarios del mundo.

Su Never Ending Tour, el viaje que inició en 1988, se aproxima poco a poco a los 2.500 conciertos, con una banda que le ha acompañado fiel, con muy pocas variaciones.

Entre Dylan y los músicos hay una relación de reverencia: ellos están ahí para ayudarle a sostener su brillo. Con disciplina, van con él hasta el fin, lo protegen, le cubren las pequeñas lagunas y se mantienen firmes, como las líneas de un ferrocarril por las que el carro delirante de Bob Dylan se desliza, feliz, cantando, tocando la armónica y el órgano Hammond, haciendo de cada concierto una experiencia irrepetible.

La banda puso la dosis de swing suficiente para levantar a la gente de sus asientos, así como sus momentos de solos nunca gratuitos, acordes con la sencillez del concepto general.

Nos quedará tatuado en la memoria el humor ácido de Leopard-Skin Pill-Box Hat, la dura reflexión existencial de Not Dark Yet (“it’s not dark yet, but it’s getting there”), el viaje alucinante del niño de los ojos azules de A Hard Rain’s A-gonna Fall, la denuncia áspera de The Lonesome Death of Hattie Carrol, el sarcasmo irreverente de Ballad of a Thin Man, la angustia infinita de la juventud, que quedó para siempre retratada en Like a Rolling Stone, y una versión blues, apenas reconocible, de la oración musical más influyente de todos los tiempos: Blowin’ in the Wind.

Fuente: La Nación








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