| La cita se inició a las 9 de la noche con las imágenes del bombardeo sobre Londres, por parte del ejército nazi durante la Segunda Guerra Mundial, acompañado del discurso que Sir Winston Churchill pronunció a propósito de ello. Al llamado acudieron miles de fans de todo el país y de países vecinos como El Salvador, Honduras, Guatemala y otros. Algunos aún no podían creer que la banda estuviera aquí en lo que calificaron como el concierto de rock más importante realizado en el país.
La primera canción interpretada fue Aces High, del disco Powerslave (1984)... fue suficiente para poner a saltar al gentío.
Dickinson, Dave Murray, Adrian Smith, Janick Gers, Steve Harris y Nicko McBrain hicieron una descarga de energía en el escenario que fue recibida por el público como una explosión.
El primero en hablar fue el mismo Dickinson, quien dijo a los ticos “griten por mí”. Todos, sin excepción, obedecieron. No se olvidó de los extranjeros y saludó a guatemaltecos, salvadoreños y hondureños.
El imponente escenario de 40 metros de frente estaba adornado con una temática egipcia y en el fondo la imagen de Eddie, mascota de la agrupación, semejando una esfinge. Fue la tarima más ancha jamás vista en Costa Rica.
El grupo hizo un recorrido por sus grandes éxitos como “The Number of the Beast”, “2 Minutes to Midnight” y “Fear of the Dark”.
Llegó el momento de la despedida y Iron Maiden abandonó el escenario. El Saprissa pidió a gritos “¡otra, otra!” y la banda regresó para entregar “Moonchild”, “The Clairvoyant” y “Hallowed Be Thy Name”. Un Iron Maiden perfecto, tan tallado como en sus discos; una banda que no necesitó de humo, fuego, videos especiales o demasiado maquillaje para dar un concierto impresionante.
El ambiente en el Saprissa era pura euforia: los fanáticos de la agrupación brincaban tan alto al ritmo de la música que más bien parecía que era el estadio completo el que saltaba.
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